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Mostrar la vulnerabilidad es signo de madurez emocional

Mostrar la vulnerabilidad es signo de madurez emocional

Hoy me desperté sintiendo un profundo miedo a mostrarme vulnerable.

Si me permito ser vulnerable siento y, por lo tanto, seré susceptible de resultar herida.
Si soy vulnerable los demás pueden verme y rechazarme o abandonarme por lo que soy.
Si soy vulnerable corro el peligro de no encajar en lo que se considera normal, o socialmente aceptado, y corro el riesgo de quedarme sola.

Mostrarse vulnerable para una persona hoy en día parece tan arriesgado como colocarse frente a una bestia salvaje. La vulnerabilidad aún no está muy bien vista, sin embargo es una cualidad que nos dota de belleza, fortaleza, humanidad y autenticidad.

Vivimos en una sociedad que maltrata la vulnerabilidad

No sentir está mejor visto que sentir mucho: los que no muestran emociones son llamados fuertes y lo que sienten mucho son llamados débiles.

Ver al que no se permite sentir mucho como más fuerte que el que se abre a sentir es un error de percepción con siglos de historia.

Nuestra cara social ha de tener dibujada una sonrisa, cualquier expresión que la transforme debe ser ocultada y perfectamente disimulada. En este sentido, la sociedad premia la falsedad.

Cuando nos sentimos vulnerables, tenemos que escondernos del mundo para no ser castigadas, para no generar disonancias o problemas en el entorno.

¿Es que a caso no es más fuerte el que se atreve a sentir -con el dolor que eso podría implicar- que el que mantiene su corazón cerrado protegiéndose? ¿El que muestra su miedo, su tristeza, su rabia, sus pasiones…?

El que no se permite ser vulnerable no puede ser auténtico porque vive preso de una imagen, de un ideal, de un esquema limitante. Para ser nosotros mismos hemos de liberarnos de esta imposición, abrirnos a esas partes que escondimos para sobrevivir en un mundo que promueve la dureza, la anestesia, la desconexión de nuestra naturaleza verdadera.

Comunicar la propia vulnerabilidad requiere coraje

La verdadera fuerza no se finge, emana de uno mismo cuando uno reconoce lo que es y se relaciona desde ahí.

No existe mayor fuerza que la de reconocer la propia debilidad. Podemos sentir la fortaleza que hay en nosotros al reconocer “no estoy bien, no sé lo que me pasa”. Pero sería demasiado arriesgado para aquellos que cuya respuesta siempre es “todo bien”.

La negación de lo que nos pasa es la estrategia más frecuente para no afrontar lo que sentimos y también la más violenta. “Estoy bien, no me pasa nada”, esas palabras a menudo esconden la verdad de lo que sucede en nuestro interior, una verdad que a veces ni uno mismo identifica.

Esta estrategia nos hace daño porque la emoción no desaparece aunque la neguemos, al contrario, se refuerza en la sombra hasta que acaba emergiendo de maneras exageradas o dañinas.

La educación emocional acaba de comenzar a revolucionar nuestra manera de vincularnos con lo que sentimos. Reconocer eso que nos pasa, familiarizarnos con ello y ponerle nombre a lo desconocido nos permite gestionarlo y nos ayuda a encontrar herramientas para dejar atrás la vieja negación.

Cuantas más máscaras llevamos, más vulnerabilidad escondemos. Cuantas más caretas vemos en los demás, mayor vulnerabilidad intuimos detrás, mayor desconocimiento de uno mismo y menor honestidad.

Si cada uno cuidase de su propia vulnerabilidad se acabaría la violencia

Proyectamos en los demás todo el dolor que no podemos asumir, haciéndoles responsables de nuestras carencias emocionales.

Al evitar conectar con la propia vulnerabilidad, no nos responsabilizamos de nuestras emociones y vemos a las personas con las que interactuamos como culpables de nuestros conflictos internos. Así es como se origina la violencia, culpando al otro del propio dolor.

Cuando reconocemos lo que somos y lo que experimentamos en cada momento, podemos cuidarnos. Al cuidar de nuestra propia vulnerabilidad estamos mejor, somos maduros emocionalmente y dejamos de exigir a los demás que satisfagan nuestras carencias.

Con la debida atención, cada uno estaría ocupándose de sus propias heridas, de reconocer sus emociones, buscando maneras de satisfacer sus necesidades, en vez de proyectar fuera el dolor rechazado, no sentido.

De esta forma, la comunicación con nosotros mismos sería más honesta y la manera de expresar al otro lo que nos pasa más pacífica, responsable y respetuosa.

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